Por Anabella Jimenez
La lujuria no nace de la carne, nace en el abandono...
No es una obsesión sexual.
Es una respuesta emocional.
El niño que no fue visto.
El adolescente que no fue abrazado.
El joven que confundió deseo con aceptación.
El hombre que creció creyendo que el placer es poder.
La lujuria brota cuando el alma está vacía y el cuerpo quiere distraerse.
No se trata de sexo.
Se trata de carencias.
Y esas carencias vienen de lejos.
Quizás nunca tuviste un padre que afirmara tu identidad.
Quizás fuiste rechazado, ridiculizado, o usado.
Quizás aprendiste a seducir para no sentirte invisible.
Quizás descubriste que en el cuerpo de otros podías olvidar el dolor del tuyo.
La lujuria es muchas veces una forma disfrazada de:
Abandono no llorado
Soledad no nombrada
Rechazo no entendido
Rabia no expresada
Vergüenza no trabajada
Trauma sexual no sanado
Falta de afecto en la infancia
Falta de propósito en la vida adulta
Y ahí está la trampa: crees que el problema es el deseo.
Pero el deseo sólo es el humo.
El fuego está en la herida.
Un verdadero proceso de sanación no empieza dejando el acto, sino nombrando la herida emocional que lo originó.
Si sólo luchas contra el impulso, volverá.
Pero si sanas lo que el impulso está intentando tapar… te liberas.
Porque no se trata de tener fuerza para resistir, sino de tener verdad para comprender.
Gracias por Leer 👌🏾✨💫



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